Supongamos que esta es la carta que nunca voy a escribirte, de las cosas que nunca voy a decirte.
Hace falta quedarse a oscuras en una habitación para saber por donde se cuela la luz. Después de verla hay diversas opciones, ignorarla, ir hacia ella o tratar de ocultarla. Yo era de las que solía dejarlo pasar y divagar en la oscuridad, mareando y forzando las pupilas. Qué se le va a hacer, mientras la luz permanece quieta, las alas revolotean a su alrededor. Qué voy a hacer, si yo no tengo alas, ni se volar. Solo relatar los eventos que nunca sucederán, porque no saldrán de mi cabeza para hacerse reales, y dejar de revolotear en mi cruel imaginación.
Dejé de contar los días cuando apareciste, porque los que no conté fueron los mejores que había tenido en todo el tiempo que había contado. Cuentos chinos, de mi gran muralla particular, puedes creerte lo que quieras, esta es la carta que nunca vas a recibir, porque nunca te la voy a escribir. No quiero molestar, por que no soy la única, ni soy única, ni soy una, simplificando, no soy ninguna.
Ya no digo que las cosas pueden ser, ahora son, pero el ahora es complicado, el ahora consiste en pensar en tí y ya ves, las cosas que pasan, se pasan, cuando no llegan a pasar, se olvidan, en algún saco roto o en alguna maleta rota en el andén equivocado. Te regalaría toda la suerte que se supone que tengo, porque no la quiero y no me sirve para lo que quiero. Pasan tantas cosas por la imaginación que ninguna se queda. Yo no me quedaré y no pasará nada, nuestros ríos seguirán sus cursos, con más o menos suerte, de la que no quiero, me secaré o me desbordaré, no habrá termino medio, pues nunca supe lo que era.
Cómo sé que se apaga… soplaré esa minúscula llama que no debí encender… se acaba
si algún día nos volviéramos a ver… mi imaginación dice que le gustaría que fueras el piloto que la llevara a ver el sol de medianoche y las auroras boreales, ésas que tanto le gustan… si nos volviéramos a ver claro…